El atrapasueños había llegado a la casa de los Madueño hacía muchos años pero Leona Trosca recién tomó conciencia de sus poderes dos décadas después y de pura casualidad.
Empecemos porque Anarca Madueño, la verdadera protagonista de esta historia, había nacido allí en calidad de hija de Libertario Madueño, obrero gráfico y anarquista que pudo haber sido emblemático del nihilismo de no ser por la mala calidad del detonante de la bomba que alguna vez confeccionara con el fin de volar el Sagrario de la Catedral. (Sea dicho que el padre de Anarca nunca se repuso del fracaso porque el clero local atribuyó el malogro a la acción milagrosa del Señor de los Cielos, sin contar con que tres compañeros de Madueño, impresionados por el suceso, se convirtieron al Cristianismo).
Anarca era una joven muy agraciada pero se decía que, de no haber sido por su belleza, no se hubiera destacado por otras dotes; y algo de cierto debía llevar el comentario ya que de puro tonta cursó la escuela primaria como abanderada de su curso y la secundaria con un promedio de 9,91, fruto de su buena memoria para retener datos intrascendentes. Al terminar sus estudios, Anarca dejó de estudiar y se casó con un joven amigo de su padre, por supuesto anarquista, quien sostenía con pasión arrolladora que "para un auténtico anarquista casarse con una profesional implicaría una traición a la clase obrera". Al respecto, y para ajustarnos a la verdad, diremos que el discurso era superfluo ya que la niña nunca había pensado cursar estudios superiores desde que su madre no era portera de la Facultad sino de la Escuela donde había cursara la educación primaria y su madrina, directora de la Escuela Secundaria, no hubiera podido, por carecer de valimiento y nombradía en ámbitos superiores, repetir en otra etapa los favores hechos anteriormente.
Así las cosas el marido de Anarca pudo gozar de su belleza, tenerla sujeta al piletón de lavar y regodearse leyéndole fragorosos discursos nihilistas que a ella le provocaban un sueño invencible.
De aquellas sesiones de prédica política, no como le sucediera en su niñez sino como ocurriera luego de que su madre trajera el atrapasueños, la muchacha se despertaba con una inexplicable angustia. Su marido, mortificado, deducía que ella aspiraba a lujos que no le eran pertinentes, sin tener en cuenta que Anarca aseguraba que cuando se dormía tenía largos sueños que luego no podía rememorar, pese a su deseo y empeño.
Y esto merece otra aclaración, porque aquí radica el meollo de la cuestión. Cuando Anarca era niña tenía horribles pesadillas de las que despertaba asustada por la presencia de un monstruo que, decía, amenazaba ultimarla. La madre, preocupada, comentó el caso con personas expectables del barrio pero ni el diariero, ni el quinielero y mucho menos el carnicero, supieron darle razón de los sueños de la hija, momento en que el ama de llaves del Padre Canuto Lonazo, superior de la Iglesia, apareció en el horizonte de los Madueño.
Enterada del problema, el ama de llaves acudió al prudente consejo del sacerdote quien, al punto, consultó a todos los santos establecidos con nicho en su Iglesia. Tras tan esclarecido cónclave, el sacerdote le entregó a la mediadora un fino ñanduti de intrincada y firmísima trama, del que pendían unos hilos fluorescentes con zarcillos vegetales de retorcidas y como calcinadas formas. La mujer le dijo a la madre de Anarca que la pieza, bordada por las mujeres de una tribu amazónica, tenía la cualidad de atrapar los malos sueños de los niños e, incluso, de los que habían dejado de serlo.
La madre de Anarca ocultó tanto el origen del ñanduti cuanto la -para su marido- odiosa intervención del sacerdote, tras lo cual distraídamente instaló la delicada cuan sugerente labor encima de la cabecera de la cama de Anarca. Desde ese mismo día la niña dejó de tener aquellos horribles sueños para reemplazarlos por mortificantes olvidos de la "actividad onírica", según dijera con abstruso lenguaje un psicólogo integrante del "petit comité" anarquista.
Pasaron los años, al principio lentamente y con progresiva velocidad después, hasta que, inexorablemente, llegó el día en que a Anarca le cupo la trabajosa tarea -que cumpliera con llamativa donosura- de entregar su alma a Dios... o a los teóricos del anarquismo. Se dice que murió como había vivido, mansamente y que en el momento de lanzar su último suspiro, como por azar, el atrapasueños se desprendió de la pared, cayendo debajo de la cama matrimonial, aquella donde Anarca y su marido gestaran a Leona.
La velaron en su vieja casa y en su propia cama. El marido comenzó a mostrar, orgulloso, el enorme ramo de rosas rojas con forma de bomba de comics, sin advertir que tanto amigos como deudos, subrepticiamente, fueron arrancando las rosas hasta dejar pelado al ramo y floridas sus solapas.
Al día siguiente, cuando Leona se dispuso a ordenar la habitación recordó la caída del "atrapasueños"; para recuperarlo corrió la cama de su madre, descubriendo así la enorme bolsa cubierta por una membrana húmeda y tibia, de la que se fueron escurriendo reprimidos sueños de Anarca, los que, de paso sea dicho, acompañaron a la hija durante el resto de su vida.