El conocimiento y el mito en la sociedad global

Trabajo presentado y expuesto en el Congreso Internacional de educación “Debates y utopías”, realizado en Buenos Aires del 26 al 28 de agosto de 2000, y fue elaborado a través del correo electrónico.

Tratar de abordar sintéticamente una realidad compleja implica un múltiple esfuerzo, ya que se trata de “puntear” algunas problemáticas procurando no banalizar el debate ni eludir cuestiones sustantivas.

Resulta difícil hacerlo por lo que solo presentaremos algunas pinceladas de ideas que surgen de los intercambios realizados por dos profesionales de la educación de ambos lados del Atlántico, que sólo se conocen a través de sus comunicaciones epistolares (vía e-mail), utilizando esas tecnologías, tan abstractas y funcionales a la vez, que son objeto de crítica aquí, y que tratan de poner en palabras algunos pensamientos.

La propuesta, tal como lo alude su título, consiste en realizar un abordaje no exento de contradicciones.

Para entrar en el análisis les invitamos a des-armar algunas frases que, en la jerga técnica, solemos usar sin cuestionar, que forman parte de nuestro paisaje, tal vez porque constituyen el “sentido común” de nuestra época. Ubicamos estas frases como mitos en cuanto son parte de una historia “naturalizada” (Barthes conceptualiza al MITO en tanto “la historia se transforma en naturaleza” Citado por FERRY, Giles en la página 45 de “EL trayecto de la formación”. Los enseñantes entre la teoría y la práctica”. Editorial Paidós. Barcelona. 1990)

Elegimos solo tres frases para re-pensar:
1. Las sociedades se encuentran inevitablemente globalizadas.
2. La sociedad se encamina hacia la sociedad del conocimiento y de la información.
3. Los cambios impactan en la educación.

DESARROLLO

1. – Las sociedades se encuentran inevitablemente globalizadas.
La palabra “globalización”, debido a la propia polisemia, nos obliga a explicitar de qué estamos hablando al usarla. Algunos la usan como equivalente de “mundialización”, pero creemos que los dos conceptos traicionan (o tal vez traccionan) su significado. Por un lado, podemos entrever la posibilidad de interconexión con lugares remotos, de conocer sociedades, instituciones, y sobre todo personas.

Por otro, sin embargo, asistimos en realidad a una nueva mitificación, que también podría ser considerada como mistificación: el pensamiento global, el pensamiento planetario, tal vez no sea más que una nueva metástasis del discurso de la racionalidad occidental, empapado de presunta objetividad y etnocentrismo. ¿Se trata del discurso de los valores de todos los tiempos, presentados ahora como nuevos universales, por obra y gracia de las “inocentes” tecnologías de la comunicación?.En este estado de cosas, por tanto, globalización, o mundialización, no significan más que colonización del espacio mundial por las mitologías de los poderosos. Al aludir a mitologías en este contexto pensamos en aquellos discursos cerrados que son presentados como “objetivos”.

La única globalización que hasta el momento podemos constatar es la de las organizaciones que detentan del poder tecnológico, que tienden a presentarse como propietarias del sentido social y que ejercen su función tuteladora a lo largo del planeta. De este modo, sueltan a rodar un concepto ideologizado de “globalización” que tiene que ver con la sustitución de las fronteras geográficas y políticas por las del consumo tecnológico. ¿La prueba?: la globalización tiene su contrapunto en la homogeneización de los valores y comportamientos.

La homogenización tiende a anular las diferencias y a imponer un único modelo como posible. Como ejemplos podemos tomar el diccionario que entrega Microsoft.

A esta altura estamos advertidos, nada es ingenuo, ni siquiera los “dulces y tiernos” dibujos animados (Lo advirtieron Ariel Dorfan y A Matterlart en “Cómo leer la pato Donald” en los años sesenta).

La técnica posibilita a la par que deja de lado, el calificativo que nunca podrá portar: el de ingenua. A su vez, la tensión entre globalización y homogeneidad obliga a los “productores de información” (la producción de información, o de “noticias”, en tanto constructo social, conduce a la legitimación efectiva del status quo. Véase Tuchman, Gaye. La producción de la noticia. Ensayo sobre la construcción de la realidad. Editorial Gustavo Gili. Barcelona. 1983. pp. 230 y ss.) a desarrollar estrategias de adaptación a la nueva estructura del mercado de conocimientos. Esta adaptación toma la forma de una supersegmentación de los productos y los servicios, de modo que en cualquier ámbito de la vida podemos encontrar ofertas a medida, just-in-time, instantáneas, para cualquier segmento de perfiles de consumo.

Finalmente, este proceso conlleva una saturación de los canales informativos que obliga permanentemente a desarrollar nuevas técnicas de acción, y vuelta a empezar.

En síntesis, creemos que el concepto de globalización sólo se analizará en su auténtica dimensión como parte de la referida estructura, que pasamos a representar gráficamente:

2. – La sociedad se encamina inevitablemente hacia la sociedad del conocimiento.
A partir de la Modernidad, la sociedad ha expandido sus límites: límites espaciales, límites temporales y sobre todo los límites del conocimiento. Y al hacerlo, impone, sin decirlo, sus propias reglas y cobra su “precio”: desde entonces todo se encontrará atravesado por la lógica racional y lineal de la producción, la acumulación, y ciertos principios de autoridad. De arriba hacia abajo, de izquierda a derecha como lo marcaba la propia lógica de le escritura.

La tecnología del siglo XX porta otra lógica, una lógica diferente que nos permite movernos por las ideas y por los espacios.

Lo expresado avanza sobre el conocimiento, a través de la exigencia de objetividad. Durante siglos sólo algunos podían decidir qué lo era y que no, dejando afuera, y sin que nadie lo cuestionase a los pensamientos diferentes. Pero ¿quién es el que puede arrogarse este derecho?

Acordamos con el planteo de Verónica Edwards en que el conocimiento es una producción social y personal que requiere de mediaciones para su apropiación (en el sentido de hacerlo propio), que no es independiente del contexto en que emerge. El conocimiento es una producción situada.

De hecho, podemos trazar la línea que ubica al conocimiento en esta perspectiva situacional. El ideal del imperialismo decimonónico fue la conversión de todo territorio en factor estratégico. La tecnología del siglo XX, la de los satélites y las telecomunicaciones, continúa aquella revalorización del espacio, llevándola a la estratosfera: los estados y las corporaciones compran las señales de los satélites, su “trozo” de órbita.

En esta línea de mercantilización y promoción de nuevos “objetos” consumibles, ahora le toca el turno al valor más abstracto de todos: la información. Nadie confunde información con conocimiento, pero la diferencia entre ambos la introduce, no tanto la cualidad epistemológica o situacional, no tanto el sujeto-frente-a-la-información cuanto la conversión de ésta en producto de consumo. Integrar la información en un circuito económico es convertirla en conocimiento, al menos, en el espacio de la posmodernidad (Jean François Lyotard: “En lugar de ser difundidos en virtud de su valor “formativo” o de su importancia política (…) puede imaginarse que los conocimientos sean puestos en circulación según las mismas redes que la moneda, y que la separación pertinente a ellos deje de ser saber/ignorancia para convertirse, como para la moneda, en “conocimientos de pago/conocimientos de inversión”. La Condición Postmoderna. Informe sobre el Saber. Editorial Cátedra. Madrid. 1984. p. 19.)

La sociedad de las tecnologías y las redes vive de utilizar el saber como medio de pago/inversión. En este sentido, el conocimiento no es tanto lo que tiene estas o aquellas cualidades per se cuanto lo que circula en abstracto, muy lejos ya de su valor de uso. A este fenómeno llamamos “virtualización del conocimiento”.

Y, hablando del conocimiento en tanto vinculado a la sociedad, es necesario contar con algunas herramientas conceptuales y ciertas herramientas tecnológicas para acceder a esta publicitada “sociedad del conocimiento”.

3. – Los cambios impactan en la educación.
Cuando hablamos de impacto, generalmente se presenta ante nosotros la imagen de una fuerza que acciona siguiendo una dirección y sentido sobre “lo impactado”, que recibe esta acción pasivamente.
Pero las paredes han dejado de ser un límite entre un afuera un adentro de las escuelas. Los que las integramos transitamos por diversas instituciones. No podemos pensar en agentes meramente externos, que accionan sobre la educación en general. Ésta se halla atravesada por las múltiples inscripciones sociales, culturales, económicas, ideológicas…

Ahora piensen que invitamos a un habitante del siglo XVIII a nuestra sociedad. Al entrar a la cocina o al baño es posible que no sepa qué hacer, pero si entra a las aulas ¿qué pasará? Casi nada ha cambiado…
Pensemos en nosotros, los docentes.

Durante años hemos incorporado creencias, representaciones, modelos a partir de nuestro tránsito como estudiantes. ¿No creen que deberíamos, por lo menos, poner en debate lo aprendido? ¿Cómo nos situamos ante esta sociedad que se presenta tan diferente de lo que aprendimos? ¿Qué hacer para no perpetuar los defectos de estos modelos?

Tal vez la dirección de los cambios parece apuntar hacia una virtualización tanto de los conocimientos cuanto de los procesos de aprendizaje, y, sobre todo, de las relaciones mismas entre el sujeto y el saber.

Nuestra propuesta esencial, pues, es que es preciso “visibilizar” aquello que se presenta como parte de nuestro paisaje, naturalizado y oculto.

De-construir algunas ideas para construir otra propuesta, no sabemos si entre todos, pero creemos que por lo menos vale la pena tratar de vehiculizar las diferencias. Pues en ellas se aloja el sentido.

Nuestra idea final es que tenemos que pensar en: ¿cuál es la concepción de hombre que deseamos sostener y cual sostenemos desde los hechos? Pues la aparente objetividad de los procesos tecnológicos (como la de los fenómenos económicos, o biológicos) no debe hacernos perder de vista que se trata de construcciones humanas, y es al hombre a quien corresponde poner los fines.

Habrá que colocar la discusión, probablemente, en la esfera antropológica. Deconstruir un sujeto histórico y elaborar una nueva conceptualización (¿teoría?) del sujeto del conocimiento en la era virtual. Esta tarea está por hacer, y, seguramente, las tecnologías de la comunicación, que no librarán al hombre -al menos de inmediato- de la barbarie, sí puedan acercar los puntos de vista y hacernos avanzar (de verdad) en esa línea asintótica hacia lo global.