Pocas cosas hay en este mundo más blancas que una beluga. Sus cuerpos inmaculados contrastan con los mares azules del ártico. De cuerpo robusto y abultado, es flexible en un grado poco habitual en otros delfines. Tienen un cuello visible y pueden mover la cabeza de una lado a otro e incluso mirar hacia atrás. Suelen ser muy curiosas con las embarcaciones. Nadan con lentitud y salen frecuentemente a la superficie a respirar pero muy rara vez saltan.
Al nacer, las crías de 1,5 metros de largo son de color gris pardo y van aclarándose con el tiempo hasta que llega la madurez entre los cinco y los doce años de edad. En ésta etapa los machos alcanzan los cinco metros y medio y son un poco más grandes que las hembras que solo llegan a los cuatro metros.
Son altamente sociables y viajan en grupos de cinco a veinte ejemplares, aunque es posible que se congreguen más de un millar en los estuarios y los ríos para comer durante el verano. Pueden remontar varios kilómetros en los ríos de Rusia, Canadá y norte de Europa. Habitando, normalmente, aguas que rondan los 2º C. Durante años han sido pescadas, sobretodo por los rusos y esquimales para ser usadas como alimento o para venderlas a los acuarios donde se las muestra al público, muchas veces en piletones expuestos al sol y a un calor sofocante. Hoy, su mayor problema es la contaminación de las aguas que las afecta en un grado particular.
Las belugas están entre los cetáceos que más vocalizan, los sonidos que emite pueden ser escuchados fuera del agua y a través del casco de una embarcación. Tal vez los humanos escuchemos su llamada de auxilio mientras que aún sea tiempo para salvarlas de la extinción que amenaza con hacerlas desaparecer de nuestro planeta.
|